jueves, 30 de abril de 2015

Podemos

Si hay una época de la historia que merece ser prolongada hacia el futuro (es decir, que merece la pena construir el futuro a partir de ella) yo no tengo dudas de cual es: la que se vivió en Europa, de Pirineos para arriba, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hasta la última década del siglo XX. 

Fue, posiblemente, la mejor época de la historia desde el punto de vista social y económico, de desarrollo científico y técnico, de bienestar social y de igualdad de derechos, de universalización de la enseñanza y de la sanidad. Y esto fue compatible tanto con monarquías parlamentarias como con repúblicas democráticas, con la existencia de élites y con la extensión del bienestar económico a las mayorías.

Después, acabando el siglo XX, se empezó a extender como mancha de aceite una corriente ideológica que nos vendía por doquier la eficacia económica de la iniciativa privada frente al anquilosamiento y excesivo gasto de la intervención del Estado, y que en el fondo se proponía la destrucción de todos estos logros. 

La punta de lanza de esta ideología era la progresiva desregulación (supresión de impedimentos legales) de la economía. Algo, en definitiva, que se parecía mas a lo que se había venido haciendo de Pirineos para abajo, que de Pirineos para arriba. Lo que realmente perseguía, lo estamos viviendo ahora: contratos laborales de libre disposición y puesta de los mecanismos del Estado al servicio de las élites.

El nicho natural de estas propuestas eran los partidos de derechas de toda Europa. Sin embargo, el sometimiento de la política a las decisiones de las grandes corporaciones terminó contagiando a los partidos de izquierda que habían sido pilar fundamental del Estado del Bienestar, convirtiendo lo que había sido una alternativa política, en una alternancia que cambiaba las caras y los discursos, pero no las políticas. 

Todo esto viene a cuento de lo que nos jugamos en la maratón electoral de este 2015. Podemos surgió como una denuncia y una solución para la corrupción institucionalizada. Pero también como una denuncia y una solución para la corrupción que significa la destrucción del Sistema para ceder lo que es de todos, al control de las élites. 

Las políticas que defienden el Partido Popular (es evidente, no necesita demostración) el PSOE (no su discurso, pero si sus hechos) y Ciudadanos (su programa económico es casi indistinguible de las propuestas económicas de FAES, la fundación del PP que preside y controla Aznar) significan la vuelta a épocas que la protección de los derechos de las mayorías de la época del Estado del Bienestar parecía haber desterrado para siempre.

Por una parte, la existencia de un mercado laboral como único regulador de las relaciones trabajador-empresa, es una vuelta a los postulados del siglo XIX, cuando ni siquiera existía un derecho laboral digno de tal nombre y donde, en última instancia, si alguien quiere trabajar por cuatro duros y sin vacaciones, a los demás no les queda mas remedio que hacer lo mismo.

Por otra parte, los privilegios legales que disfrutan las élites políticas y económicas nos retrotraen a una época incluso anterior a la revolución francesa, y convierte a estos grupos en una especie de nueva aristocracia y deja a los demás ciudadanos desprotegidos ante un futuro sin derechos. O sin mas derechos que los que se puedan pagar.

Esto es en definitiva, lo que nos jugamos este año. O retomamos la mejor época de la historia para construir el futuro a partir de ella, como propone Podemos, o abocamos a nuestros hijos a un futuro sin mas derechos (laborales, de educación y formación, de sanidad, etc...) que los que se puedan pagar.