jueves, 26 de noviembre de 2015

El fascista cariñoso

Cuando hago zaping (que es casi la única forma en que soporto ver la televisión) tengo la mala costumbre de hacer un alto en las tertulias políticas. Ayer coincidió que pillé opinando a un hombre que suele hablar con tono lastimero y ojos llorosos. No me refiero al ministro del interior, sino a uno de esos tertulianos multiplataforma, al que cariñosamente todo el mundo llama Chani. Tengo ganas de decirle a la cara que no me gusta. Hablaba de bombas atómicas en manos de los terroristas, e inmediatamente sentí la repugnancia de estar escuchando a alguien que ha encontrado un argumento para que su odio y sus ganas de matar parezcan razonables. 

Por una parte todavía tenemos muy reciente las mentiras masivas sobre armas de destrucción masiva, y tenemos también la opinión sustentada por muchos expertos (como el ex-jefe de la OTAN) de que las réplicas de aquel abuso las vivimos ahora en forma de estado islámico. Por otra parte es obvio que la posibilidad del uso de armas atómicas (y químicas, y bacteriológicas) siempre deben estar entre los supuestos de trabajo de cualquier grupo de inteligencia que se dedique a la lucha contra el terrorismo. 

A parte, ir a la guerra es algo magnífico para las empresas de armamento (cuyas cotizaciones en bolsa se han disparado) y en ocasiones algo inevitable, por desgracia, pero también es algo que desaconsejan casi todos los expertos militares para hacer frente al estado islámico. Lo desaconsejan por ineficaz, y porque en el caos, el estado islámico gana. Cuando quieres matar una mosca a cañonazos, quién mas posibilidades tiene de escapar viva, es la mosca.

Sobre las mejores estrategias para luchar contra esta forma de barbarie, se ha dicho casi todo. Incidir en las fuentes de financiación, control del armamento, apoyar en la zona (en TODAS las zonas) a quienes apoyan y defienden la democracia y los derechos humanos, buscar métodos para cortocircuitar su proselitismo… Luego, hay cosas que das por supuestas y con sucesos como los de París te das cuenta de que no. Como la colaboración policial anti-terrorista en Europa. Resulta que te enteras de que la policía belga no compartía datos relevantes con la policía francesa. Si nos falta esa colaboración, nos falta todo. Mucho pedir ayúdame con este bombardeo, pero luego falla la colaboración mas elemental, y mas eficaz, porque es la que ayuda a prevenir.

Yo no soy religioso, pero es necesario no confundir a todos los musulmanes con yihadistas, ni a los refugiados con yihadistas, ni a los emigrantes con yihadistas. Recuperar nuestros valores, los valores de Europa, que son en esencia los valores de la República Francesa. La libertad, la democracia, la igualdad como un valor importante, los derechos humanos, la solidaridad. Yo creo que hemos dejado de tomarnos en serio nuestros valores, y eso, seguramente, es una huella dejada por el fascismo en nuestra cultura. Si nosotros mismos ya no vivimos lo que predicamos, mucho menos van a tomarse en serio por ahí afuera, lo que decimos defender.

Otra cosa. Hay quien tiene la poca vergüenza, o la desinformación, de acusar a los que se oponen a la guerra de buenismo, perdón por el palabro. Bueno, pues no. No es buenismo, es defensa propia. Es saber que es gente como yo la que sale una noche a tomarse una copa en una terraza en París, es gente como yo la que cogemos los cercanías en Madrid, es gente como yo la que llevamos a nuestros hijos a la escuela, en Bagdag o en Damasco, justo antes de que les caiga una bomba encima. Llamarlo buenismo es compartir el repugnante punto de vista de quién manda poner bombas o de quién manda tirar bombas, sin que a ellos nunca les pase nada. Es comprensible que para esa gente, tener que incluir en la ecuación a seres humanos, sea un incordio. Pero incluirlos es la única manera de que gente como yo, en Madrid o en Paris, o en Bagdag o en Damasco, estemos seguros.